Efectos Secundarios

En el fondo, no hay nada que hacer. Siempre tendrás dieciocho, porque eres joven sólo una vez, pero inmaduro para siempre…

No hay instrucciones para cumplir treinta. Pero si las hubiera, serían estas:

– Haz una lista de todo lo que no te gusta de ti y luego tírala. Eres el que eres. Y después de todo, no es tan malo como te imaginas un domingo de cruda.

– Tira el equipaje de sobra. El viaje es largo, cargar no te deja mirar hacia delante. Y además jode la espalda.

– No sigas modas. En diez años te vas a morir de vergüenza de haberte puesto eso, de todas maneras.

– Besa a tantos como puedas. Deja que te rompan el corazón. Enamórate, Date en la madre, y vuelve a levantarte. Quizás hay un amor verdadero. Quizás no. Pero mientras lo encuentras, lo bailado ni quién te lo quita.

– Come frutas y verduras. Neta, vete acostumbrando a que no vas a poder tragar garnachas toda la vida.

– Equivócate. Cambia. Intenta. Falla. Reinvéntate. Manda todo al carajo y empieza de nuevo cada vez que sea necesario. De veras, no pasa nada. Sobre todo si no haces nada. – Prueba otros sabores de helado. Otras cervezas, otras pastas de dientes.

– Arranca el coche un día, y no pares hasta que se acabe la gasolina.

– Empieza un grupo de rock. Toma clases de baile. Aprende italiano. Invéntate otro nombre. Usa una bicicleta.

– Perdona. Olvida. Deja ir.

– Decide quién es imprescindible. Mientras más grande eres más difícil es hacer amigos de verdad, y más necesitas quien sepa quién eres sin que tengas que explicárselo. Esos son los amigos. Cuídalos y mantenlos cerca.

– Aprende que no vas a aprender nada. Pero no hay examen final en esta escuela. Ni calificaciones, ni graduación, ni reunión de exalumnos gracias a Dios. Felices treinta, viejo. Bienvenido al resto de tu vida.

Sirexana

Todo es para Bien….

 

 

En una pequeña y pacífica aldea, vive un viejo sabio. Un día, de pronto, todas las gallinas caen muertas. Entonces los aldeanos van a ver al viejo y le preguntan:
-¿Qué dice usted de esto, es una maldición?
-No -responde el sabio- es algo bendito. No puedo decirles por qué, pero es para nuestro bien.
Los aldeanos se van refunfuñando que el sabio ya envejeció demasiado…. Al día siguiente todos los perros se desploman, paralizados.. Los aldeanos regresan donde el sabio.
-¿Y ahora, díganos, esto es bueno o es malo?
-¡Es bueno!
Al tercer día, todos los fuegos se apagan. No funcionan las cocinas, ni los hornos para el pan, ni las calefacciones, no pueden encender una antorcha. Corren otra vez a la choza del sabio.
-¡Ahora sí que es verdaderamente una maldición!
-¡No, es para nuestro bien!
– ¿Cómo puede decir que es bueno que nuestras gallinas mueran, los perros se paralizen y los fuegos se apaguen? ¡Se ha vuelto loco, ya no creemos en usted!

En ese momento una banda de feroces bandidos pasa cerca de la aldea. Todos los aldeanos se aterran pensando que serán robados y degollados. Se ocultan reteniendo lo más que pueden su respiración. Pero el jefe de esos ladrones observa las calles vacías y dice: “No hay gallinas, no hay perros, no sale humo de las chimeneas, aquí no vive nadie. Vámonos”…. Y es así como los aldeanos se salvan de una muerte segura.

A veces nos suceden cosas que sentimos como una catástrofe. Sin embargo, cuando tienes una gran pérdida, el mundo te da un bien que no esperabas. La perdida y lo obtenido se equilibran. Pero, si no estás en la vía espiritual, todo lo que te sucede te parece totalmente nefasto, a semejanza de los aldeanos del cuento. Si te privan de algo, pregúntate si no eres tú quien ha provocado esto, y dite que quizás eso sea para tu bien.

Sirexana

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